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Deseo experimentar cambios en mi familia, ¿qué hacer?

Si disponemos nuestro corazón, Dios nos ayuda
en el proceso de cambio con la familia

“Desde hace varios años vengo librando una tremenda lucha con el deseo de un hogar diferente. Cuando contraje nupcias, todo era maravilloso. Mi esposa dispuesta a dialogar. Nacieron los hijos y cambió. Hoy parece mi enemigo. Reconozco que muchas cosas han cambiado, no para bien. Anhelo un cambio en mi familia, ¿qué hacer?”
J.L.L. , desde Buenos Aires, Argentina

Respuesta:

El mayor problema que enfrentamos los seres humanos es que esperamos que haya cambio, pero que se cambio comience con los demás. Nos lamentamos: “Si mi esposa fuera…”, “Si mis hijos fueran…”. Generalmente no decimos: “Si yo fuera…”.

Si deseamos que haya cambio al interior de la familia, ese proceso comienza con cada uno de nosotros. Parte de una disposición. Usted y yo debemos ser los primeros en cambiar. Eso es lo que nos asegura que cada nuevo paso sea sólido, eficaz.
En una reciente reunión se quejaba una atribulada madre sobre el comportamiento de su hijo. Apenas comenzó a involucrarse con nuevos amigos, fuera de su círculo de personas creyentes, experimentó cambios: bebía licor, fumaba marihuana y—estaba segura—había caído en fornicación. ¿Todavía se puede hacer algo?
Le explicamos todos que sí, que era posible hacer algo. Es un proceso que comienza con nuestra propia transformación al rendirnos a Dios, y que prosigue toda la vida, al vivenciar nuestra fe en Cristo llevando ejemplo al cónyuge y a los hijos. Es una forma de vivir que necesariamente impacta y trae cambios a todos.
Quien nos ha vendido una forma de vivir equivocada y muchos han mordido el anzuelo, es el propio enemigo espiritual, satanás, quien ha permeado esta sociedad con antivalores. Sobre el particular el autor y afamado conferencista, Chip Ingram, señala que: “Satanás usa el sistema del mundo para seguir la carne, primero por el uso de mentiras acerca de lo que te podría satisfacer y realizar los anhelos más profundos de tu corazón. La puerta de entrada es tu mente. ¡La decisión más importante que hacer cada día es lo que tú permites que entre en tu mente.”(Chip Ingram. Viviendo al borde”. Living Editores. EE.UU. 2013. Pg. 90)
La responsabilidad que pesa sobre nuestros hombros es muy grande, pero no estamos solos. Comienza con cambiar nuestra forma de pensar y de actuar, y perseverar en esa disposición de corazón. Dios nos ayuda. Él es el eje central porque, si dependemos de Su poder, lo lograremos. Esto traerá como consecuencia cambios en nuestra vida y en nuestra familia.

Modificar nuestros esquemas de pensamiento

¿Cómo reacciona una persona? Como piensa. Y, ¿cómo piensa una persona? De acuerdo con aquello que llena su mente. Una ecuación sencilla que explica el comportamiento de toda persona, en su vida personal, familiar y en sociedad.
Otro elemento que va de la mano, son el tipo de principios, valores y fundamentos que atesoramos en el corazón. Son un factor determinante en nuestra existencia y en nuestra relación con los demás, comenzando desde nuestro círculo más cercano, que es el de la familia.
Este aspecto en apariencia tan sencillo pero a la vez tan importante, es el que aborda el apóstol Pablo cuando instruye: “No imiten las conductas ni las costumbres de este mundo, más bien dejen que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar. Entonces aprenderán a conocer la voluntad de Dios para ustedes, la cual es buena, agradable y perfecta.”(Romanos 12:2. NTV)
Solamente este versículo, corto pero cargado de una profunda enseñanza, traería una razón esencial para impactar y transformar su existencia. Tome nota que el apóstol Pablo nos invita a poner en una balanza las enseñanzas que ha privilegiado la mundanalidad y tener claro que no corresponden a personas que han nacido de nuevo en Cristo; en segundo lugar, no solo abandonar esos patrones de comportamiento equivocados que legitima una sociedad sin principios ni valores, sino además a dar un paso más: a la dimensión del creyente que se rige por otras pautas.
En tercer lugar, renovar nuestra vieja forma de pensar y por último, caminando en una nueva perspectiva—conforme Dios lo dispone—reconocer que esa vida que el Padre nos ofrece reúne tres pilares: es buena, agradable y perfecta.
No abandone este análisis antes de pensar, también, que esa transformación progresiva pero sólida que logramos en Dios, debe afectar positivamente a nuestro cónyuge y a nuestros hijos. Un trato y una valoración diferentes, así como el firme compromiso de transmitirle esos nuevos principios y valores que estamos experimentando.

Cambios genuinos en nosotros y en la familia

Los cambios para que sean eficaces, deben ser genuinos. Tener raíces sólidas. Por supuesto, no será en nuestras fuerzas porque los seres humanos generalmente nos damos por vencidos cuando surgen dificultades o nuestra vieja naturaleza nos traiciona, reaccionamos y, en adelante, pensamos que jamás lo lograremos.
Las modificaciones en nuestros patrones de comportamiento, a nivel personal y familia, deben comenzar desde adentro hacia afuera. No al revés, porque sería mera apariencia.
Nuestro amado Salvador Jesucristo lo ilustró de la siguiente manera: “Un buen árbol no puede producir frutos malos, y un árbol malo no puede producir frutos buenos.  Al árbol se le identifica por su fruto. Los higos no se recogen de los espinos, y las uvas no se cosechan de las zarzas.  Una persona buena produce cosas buenas del tesoro de su buen corazón, y una persona mala produce cosas malas del tesoro de su mal corazón. Lo que uno dice brota de lo que hay en el corazón.”(Lucas 6:43-45. NTV)
Lo que determina el grado de influencia que Dios está ejerciendo en nosotros, a través de la oración, la lectura diaria y sistemática de las Escrituras y una disposición permanente de Su búsqueda, es la forma como se transforma nuestra forma de pensar y de actuar, es decir: los frutos.
Si el Señor gobierna nuestro ser, Él trae cambios y progresivamente vamos experimentando cambios sólidos que no se modificarán hacia atrás pese a la información con la que nos bombardea la sociedad, plagada de antivalores.
Tenga presente que la transformación de un hijo de Dios siempre está relacionada con la forma de pensar. Renovar nuestra mente. Ese es el secreto. Es posible si nos rendimos de corazón a Dios. Si reconocemos que los antivalores de la sociedad corrompen el propósito del Padre para nosotros así como la identidad que debe asistirnos siempre. Por supuesto, renovar la mente nos traerá un enorme conflicto, pero podemos vencer con ayuda de nuestro Poderoso Creador.

Someta su mente a Dios
El proceso de cambio al interior de la familia
comienza con cada uno de nosotros

Si deseamos experimentar cambios que afecten positivamente nuestra vida pero que también traiga impacto a la familia, es necesario que rindamos nuestra mente a Dios.
El apóstol Pablo lo expresó con más claridad: Dijo que el paso inicial era someterle nuestros pensamientos: “Somos humanos, pero no luchamos como lo hacen los humanos. Usamos las armas poderosas de Dios, no las del mundo, para derribar las fortalezas del razonamiento humano y para destruir argumentos falsos. Destruimos todo obstáculo de arrogancia que impide que la gente conozca a Dios. Capturamos los pensamientos rebeldes y enseñamos a las personas a obedecer a Cristo; y una vez que ustedes lleguen a ser totalmente obedientes, castigaremos a todo el que siga en desobediencia.”(2 Corintios 10:3-6. NTV)
Humanamente fracasaremos en el proceso de cambio, porque a cada paso nos hallamos no solo con obstáculos físicos sino también aquellos que desencadena desde el mundo espiritual, nuestro enemigo satanás.
¿Cómo entonces damos la pelea contra el mundo, es decir contra las tentaciones que desencadena, y a la vez permanecemos firmes? Mediante la oración, filtrar nuestros pensamientos y si hallamos que procuran arrastrarnos a la mundanalidad, entregarlos a Cristo Jesús que es quien nos hace vencedores.
¿Difícil? En absoluto. Podemos porque Dios está de nuestra parte. El autor y conferencista, Chip Ingram, señala que “Debemos ser cuidadosos de no caer en el pensamiento erróneo de que simplemente con llenar la mente con versículos bíblicos o aislarnos de los males del mundo, se producirá en nosotros la vida de Cristo. El renovar mi mente está siempre enfocado en el aor y en las relaciones. En el corazón de toda renovación de la mente está el deseo de vencer y de disfrutar del Señor Jesús.”(Chip Ingram. Viviendo al borde”. Living Editores. EE.UU. 2013. Pg. 90)
En alguna ocasión trabajé como periodista para la esposa de un gobernante de mi país. En cierta ocasión los empleados les invitamos a una cena en un conocido restaurante de Cali. Ella amablemente desistió. "Todos ustedes pueden ir al restaurante que elijan; nosotros, por nuestra condición, no podemos darnos ese lujo.” Esas palabras me impactaron. Las aplico a la vida cristiana. Quien no es creyente puede tener las amistades, ir donde los demás y actuar como todos. En nuestra condición de discípulos del Señor Jesús, bajo ninguna circunstancia. ¡Somos nuevas criaturas!
Igual ocurre con nuestra forma de pensar. No todo pensamiento debe anidar en nuestra mente, sino aquellos que están en consonancia con la nueva vida de fe. La forma más fácil de lograrlo es poniendo nuestra mirada en Cristo y en la vida espiritual a la que estamos llamados, ya que el propósito de Dios es que crezcamos: “Pues Dios trabaja en ustedes y les da el deseo y el poder para que hagan lo que a él le agrada.”(Filipenses 2:13. NTV)
¿Por qué debemos cambiar? Porque hay una nueva vida por vivir, plena, llena de victoria y plenitud en todas las áreas de nuestra vida. No solo experimentaremos cambio y realización sino que otras personas, en este caso, nuestra familia, verán los cambios y serán impactados. El entorno del hogar también será transformado.
El primer paso que usted debe dar y al que le invitamos, es recibir a Jesucristo como el Señor y Salvador de su vida. Le aseguramos que no se arrepentirá. Él nos lleva a nuevos niveles de vida. Si tiene alguna inquietud, no dude en escribirnos a webestudiosbiblicos@gmail.com o llamarnos al (0057)317-4913705.
© Fernando Alexis Jiménez

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